El joven que regresó a trabajar a su rancho en la Sierra de la Laguna (parte II)

El rancho es un rincón de las nuevas prácticas sustentables de rancheros, pero la megaminera Los Cardones amenaza con integrar un elemento no experimentado en esas magnitudes
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La Paz, Baja California Sur (BCS).  Irónico resultaba observar, incrustada en uno de los postes de la palapa, encima de una flor de plástico y un teléfono satelital negro, una bandera de Canadá, país de la empresa dueña de la concesión minera en Sierra La Laguna. Quizás era un recordatorio para mantenerse alerta, o solamente, un visitante canadiense se la obsequió. Casi todos bebimos el café y comimos del pastel. Nos retiramos al área en la que acamparíamos, debajo de más de 100 años de historia: El zalate o la higuera silvestre al fondo del rancho.

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El zalate asemejaba un musculoso y blanquecino brazo emergiendo de los adentros de la tierra. Soberbio. En el árbol se concentraba un soplo de misticismo, una extraña familiaridad que tranquilizaba. El Chuqui conocía esa sensación. En su infancia montaba sus ramas. Jugó con las fibrosas raíces, las apretujaba entrelazándolas hasta que endurecieran y formaban nuevas ramas para cabalgar.

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Saltando de una piedra a otra, llegamos hasta el peñasco en el que El Chuqui acostumbra ir a escribir junto al cactus que venció a la roca: creció en una de sus fracturas. Con un escenario de belleza indescriptible, empezó a narrar, de pronto, que participó dentro de Interacción Rural en SudCalifornia. Artistas de diferentes partes del país, durante tres noches y cuatro días, conviven con rancheros rurales. Colaboraron para conceptualizar y producir una colección de arte, junto a una publicación impresa de colección.

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El atardecer se debilitaba, a diferencia del valle que seguía imponente con las nubes atascadas en lo alto, custodiando el pedrerío del arroyo. Abajo un chorro tallaba la roca y, caía, creando un ojo de agua. Formaba una disminuida corriente que cubría los tobillos. Ha llovido igual que el año pasado, en menor tiempo, pero las cantidades de líquido no son mayores como en otras épocas, en las que alcanzó más de nueve metros de profundidad.

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Por un instante, aquel murmullo líquido se convirtió en el mejor acompañante de mis ideas. El sonido se desvaneció conforme subimos, y la plática resurgía, de vuelta al campamento. Mi pensamientos también se volatizaban al escuchar el aleteó de las aves que iban de un árbol a otro. Las charlas de El Chuqui se convertían en lecciones  de antropología, a veces, de geología, botánica  e historia; esa tarde comprendí lo verdaderamente aislados que estamos de la realidad.

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En la mañana, a eso de las 07:00 de la mañana del sábado, nos despertamos. El Chuqui andaba activo desde temprano. Había adelantado labores para llevarnos a poza negra. Nos tumbamos la modorra con una taza de café, hecho por Doña Lucí. Don Catarino se dejó ver de forma esporádica en nuestra estancia. Montamos el pick up. Conducimos por la brecha por 30 minutos como si regresáramos a Santiago, hasta otro rancho que pertenecía a un familiar de él. Las chivas balaban un llamado de auxilio para huir del corral de lámina. Más lejos, el monte no dejaba de presumir sus ramajes y el sol insistía en chamuscar la piel.

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Mientras nosotros nos derretimos en la escarpada pendiente, El Chuqui descendía con soltura, sin un signo de molestia. Por fin, pasados 20 minutos, pisaba la arena del arroyo, y los tules, especie vegetal introducida, se arremolinaban hasta formar un túnel que rapaba nuestras espaldas, un anuncio de que nos acercábamos al recóndito hueco oscuro repleto de agua. De nuevo, conocíamos otro espacio en el que nuestro guía acostumbraba a jugar, al igual que los hijos de los nativos que recorrieron hace miles años las mismas veredas. La punta de flecha que enseñaría El Chuqui después confirmó mi suposición.

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En lo alto, observando a los citadinos jugar a ser libres, una aguililla cola roja sobrevolaba las cañadas del alrededor. No se imagina que seres como los que abajo se zambullían e invadían la poza negra, planearon abrir un enorme hueco en una parte de su hábitat, entorno que El Chuqui juró defender. Sentado en lo más alto, aparentemente preso de sus cavilaciones, lanzó una pregunta que en su formulación llevaba una mezcla de nostalgia y preocupación: ¿Crees que aprueben el proyecto de Los Cardones?

Me hubiera gustado decir que no.

Si quieres leer la primera parte entra a http://www.bcsnoticias.mx/el-joven-que-regreso-a-trabajar-a-su-rancho-en-la-sierra-de-la-laguna-parte-i/


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  • Duro con ellos . No podemos comer dinero cuidemos nuestra tierra Mexicanos . Fuera traidores que no quieren a nuestro hermoso Mexico.

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