Mario Jaime: el escritor que siguió al tiburón blanco hasta África y le dedicó un libro

La fascinación del poderoso animal, lo llevó a estudiarlo por años en reconocido centro de investigaciones de la ciudad hasta conseguir un doctorado
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La Paz, Baja California Sur (BCS). La vida es igual al viaje de un tiburón blanco (Carcharodon charcharias): nunca se detiene. Mario Jaime (Ramírez) expresó su metáfora en Sangre en el Zafir. Pasión y muerte de un gran tiburón blanco, premiada en el XVI Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia en 2013. La fascinación del poderoso animal, lo llevó a estudiarlo por años en reconocido centro de investigaciones de la ciudad hasta conseguir un doctorado. Nadó con ellos en Sudáfrica y en Isla Guadalupe, en Baja California. La obra, que tardó 10 años en escribir, habla del gran pez que nunca frenara su avance durante 30 años, el desgaste energético que lo obliga a devorar hasta 12 toneladas de carne al año.

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La escritura, luego la ciencia, – aclaró – son los pilares que lo llevaron a convertirse en uno de los creadores más reconocidos a nivel nacional e internacional. Nació en la ciudad de México en 1977, pero llegó a La Paz desde los 25 años y no pudo irse. Desde muy pequeño, en el tiempo que vivió con su abuelo hasta los siete años, devoró la biblioteca, lo que podía alcanzar, que llegaba al techo. Después, usaba la máquina de escribir Remington de 1930 para redactar sus primeros poemas. Las lecturas no eran fáciles para él en aquel tiempo: la Divina Comedia o el Marqués de Sades o recopilaciones de las torturas de siglos pasados, es decir, no creció como los niños de su edad. Nunca se consideró de aquellos que creía en las fantasías de Walt Disney y que, de pronto, se topan con la realidad: “yo crecí con un mundo real y después me topé con la idealidad”.

A los 16 años salió de su casa para vivir en la exorbitante ciudad de México. La violencia que pulula en las calles, la conoció de inmediato: niñas violadas, embarazadas por sus propios padres. Realidad difícil de absorber, una cotidianeidad en los laberintos de la urbe. Vio olvido social en los estratos más bajos.

—  Todo eso me fue sensibilizando negativamente en contra de lo que somos. Te topas con lo que has leído, ahí lo empiezas a ver, – insistió – lo empiezas a amalgamar con la realidad que impera: el odio, el racismo, la guerra, la violencia, todas esas cosas que a mí no me gustan; no sé, a lo mejor soy muy sensible y me da pena que seamos así; la destrucción, sobre todo el valemadrismo, la indiferencia y la incongruencia: eso de decir que somos los únicos que tenemos alma y somos los racionales, hechos a imagen y semejanza de Dios: pues, que Dios de mierda, ¿no?.

–Siento tu interés por plasmar la condición humana en lo que dices, en lo que haces; dejando atrás las etiquetas, ¿De qué es lo que hablan tus textos? – pregunto.

— Tengo dos tendencias: una es la crítica social a la condición humana. A mí me afecta mucho la especie que somos, y eso trato de plasmarlo como una catarsis, como un grito, y también como una crítica filosófica.

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Y lo otro, son mis pasiones. Yo creo que lo que necesito escribir de lo que amo. He escrito mucho sobre el tiburón blanco que es a lo que me he dedicado en los últimos años de mi vida, pero en fin, la poesía, por ejemplo, es más vivencial, lo que viví en la ciudad de México, lo que viví en África, lo que he vivido según las pasiones. En teatro criticó a la sociedad.

Nunca le gustó “eso de los géneros”, porque lo considera un vicio de la actualidad que proviene de la ilustración europea del siglo XVIII. Aunque reconoció que la narrativa, la poesía y la dramaturgia se han convertido en grandes compañeras de viaje. Así sucedió con la estancia en la que permaneció un tiempo en el Instituto de Tiburón Blanco en Sudáfrica. Su bitácora de viaje se transformó en Poemas Africanos que le valió ganar XXV Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta 2013.

Poemas Africanos describe una travesía por la frontera de Gondwana, Johannesburgo y todo Sudáfrica. Hay dos sentimientos bien ambiguos que tienen algo que ver con los humanos. Allá, por ejemplo, existen comunidades llamadas los Pueblos del Sida: Toda la población, el 100 por ciento, tiene sida. Es el país con más sida de todo el mundo, hay venta de mujeres, racismo. En África puedes comprar un arma de alto calibre sin licencia por 24 mil pesos. Es un país que no está en guerra, pero está lleno de violencia por las minas del coltán; el enorme odio de los blanco a los negros; la supersticiones.

Por otro lado, la naturaleza, el tiburón blanco, (componen este libro) y es asombroso. Lo ligo con el origen, los fósiles más antiguos está allá. Nuestra memoria genética es de 4 mil millones y ahí conocí bosquimanos quienes tienen misma cultura desde hace 30 mil años, incluso antes de los sumerios o egipcios. Siguen contando sus mismos mitos en las distintas etnias; Poemas Africanos es un cantar a esos mitos. A nuestro pasado.

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Las minas de coltán u “oro azul”, un mineral óxido que toma su nombre de la contracción de otros dos minerales que lo integran: la columbita y la tantalita, son un pretexto para conversar sobre la reciente aprobación condicionada para trabajar que la Semarnat emitió a minera Los Cardones. El coltán, al igual que el oro, es codiciado por varios países del mundo y la lucha por el control es férrea. La mayor parte de las reservas registradas, se ubican en África y, muy concretamente, en la República Democrática del Congo (RDC), que detenta el 80 por ciento de la producción mundial. Guerras se financian para controlar el mineral; sólo de 1998 a 2003 costó la vida a alrededor de 5 millones de personas.

–¿Qué opinas sobre la voracidad del sistema económico para que a toda costa se implanten proyectos que, desde mi perspectiva, deterioran el ambiente?

— El problema es la gran codicia que tenemos. La maldición del anillo como lo mitificó muy bien El Señor de los Anillos de John Ronald Reuel Tolkien.

Como animales simbólicos estamos obsesionados, no tanto con el oro, sino el poder que da el oro, porque estos dueños de estas transnacionales no necesitan dinero, pero quieren más por poder: esta gran codicia que sustenta el sistema económico, que sí lleva a una degradación enorme de la naturaleza.

Y es que el entendimiento del entorno medioambiental quedó demostrado al obtener el Premio Internacional de Divulgación de la Ciencia Ruy Pérez Tamayo del Fondo de Cultura Económica con el libro Tiburones, supervivientes en el tiempo.En México no había habido un libro de tiburones de divulgación, había habido científicos, pero no de divulgación, desde Ramón Bravo en los años 70. La tesis central del autor es mostrar cómo ha cambiado a lo largo de la historia la percepción de la humanidad acerca del tiburón blanco.

–Las culturas orientales los respetan mucho. Por ejemplo, en Japón, toda la Polinesia, Tahití, Fijí, los mitos de las Islas Hawaianas, la mayoría de los tiburones son dioses encarnados que pueden ayudar a la gente, o también son guardianes del mar. Pero en occidente fueron muy satanizados, desde los griegos, que los llamaban “los comedores de hombres” – explicó.

Mario Jaime hoy sigue siendo un científico reconocido cuya actividad permitió estar en la belleza de la naturaleza mientras la describe en su libreta coloreada marca Scribe.


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